D'Cuba Jazz
Viernes, 20 de Agosto, 2021
Otras fabulosas intérpretes como Omara Portuondo y Totó La Momposina, con carreras igual de extensas que las de las mujeres arriba nombradas, siguen aún vigentes, prodigando su música excepcional por los cinco continentes. Igualmente hemos tenido divas de renombre como Celina González, Xiomara Alfaro, María Luisa Landín, Virginia López y Astrud Gilberto que fueron desligándose gradual y discretamente de la vida artística ya entradas en años, pero dejaron una huella imborrable en la memoria del pueblo.
También se han dado los casos de vocalistas geniales, de gran personalidad y carácter, cuyas carreras estuvieron signadas por la intensidad y el drama, al igual que sus vidas, y que fallecieron en plena madurez cuando aún les quedaba mucho más por dar. Entre ellas podemos recordar a Billie Holiday, Edith Piaf, La Lupe, Elis Regina y Dinah Washington. Todas cinco murieron consumidas por el vértigo de sus ansias de vivir y de probarlo todo, sin límites. Fueron calcinadas por sus propios excesos cuando aún eran jóvenes y estaban todavía gozando del fervor del público. Pese a lo dicho, los melómanos a lo largo y ancho del mundo, podemos seguir disfrutando en extenso la música de estas y otras mujeres de estatura superlativa porque fueron visitantes asiduas de los estudios de grabación y dejaron para la posteridad el prodigio de su talante artístico en decenas de discos inmortales. Discos que le han dado la vuelta al planeta y que persisten año tras año en el gusto del público.
La mujer de la que hablaremos en las siguientes páginas no encaja en
ninguno de los ejemplos arriba mencionados, pero no por ello podemos dejar
de considerarla tan grande y genial intérprete como todas las anteriores.
A diferencia de ellas, grabó un solo disco durante su cortísima y
fulgurante carrera. Un disco de larga duración hecho en 1960 que contiene
solamente doce boleros. Sin embargo se trata de doce boleros
magistralmente interpretados que bastaron para que su nombre quedara
grabado en la historia con letras doradas.[2] Del disco en referencia se
sabe que la carátula fue un trabajo deplorable hecho por un ilustrador
gráfico cuyo nombre ha quedado en el anonimato. Tan deplorable resultó la
carátula en mención que mereció un encendido párrafo de desaprobación en
una famosa novela del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, premio
Cervantes de literatura.
Pero no fue solamente la carátula lo único deleznable de ese grandioso
disco sino que también han sido duramente criticados los arreglos
musicales, el acompañamiento orquestal y hasta la técnica con la que se
hizo la grabación, de la cual se ha dicho que atentaba contra la fabulosa
e increíble voz de contralto de la cantante.
Esta mujer de la que les hablo pesaba alrededor de 350 libras según se ha
dicho, asunto que se concluye además de su apariencia rolliza cuando
observamos las muy pocas fotografías que se conservan aún de su breve y
dramático paso por la vida. No era de aspecto grácil como Billie Holiday,
ni tenía dulces los rasgos del rostro como Astrud Gilberto, tampoco era
esbelta como Omara Portuondo, ni una consumada bailarina como Ana Gloria
Varona. Mulata de extracción humilde, no pudo tener una educación vocal
como Sarah Vaughan, cuya bellísima voz de contralto sin embargo
paradójicamente sería su referente natural, en especial por su versión
inmortal de ese esplendido “The Man I Love” de la autoría de George
Gershwin que ella supo vocalizar con una calidad similar o superior a la
de la tonadillera estadounidense.
La cantante de la que hablaremos en estas páginas no se pasó la mayor
parte de su vida en escuelas de música, salas de concierto y teatros,
encandilada por las luces del éxito y abrumada por los efluvios mezquinos
de la gloria, sino que estuvo al menos doce años, casi la mitad de su
existencia, en la cocina de una familia prestante de El Vedado, un barrio
de La Habana, trabajando como empleada doméstica, desde que era una niña.
Ella únicamente vivió veintiséis años, aunque hay autores que afirman que
vivió veintiocho, de los cuales tan sólo los tres últimos constituyeron su
efímera pero inmortal carrera musical; esta transcurrió entre 1959 y
mediados de 1961.
De todas las divas arriba aludidas se conoce el lugar de la tumba donde
yacen sus restos mortales y esta es al menos objeto de veneración por
parte de una extensa cauda de admiradores. En cambio de la mujer que les
hablo solamente sabemos que falleció súbitamente en San Juan, la capital
de Puerto Rico, y que está enterrada en un lugar olvidado del cementerio
capitalino. Las inolvidables reinas de la noche cuyos nombres hemos ya
mencionado, cuando fallecieron fueron objeto de los más amplios
despliegues mediáticos, sus sepelios fueron acompañados de centenares de
fieles seguidores y a la infausta noticia de su fallecimiento quizás le
fue concedida la primera plana de los diarios y revistas más importantes
que se ocupan del mundillo del espectáculo, a diferencia de la mujer en
comento cuyo deceso pasó casi desapercibido incluso para sus propios
familiares. En su caso a la morada final la acompañaron no más que unos
pocos amigos.
Así como su vida transcurrió entre las sombras, más allá de la muerte
también ha sido cubierta por las sombras del olvido y borrada de
circulación por el aparato mediático moderno ya que en los primeros planos
no suele aparecer, salvo por unas contadas pero valiosas excepciones como
la novela de Cabrera Infante, en cuyas páginas quedó fijada para siempre
pero con un nombre ficticio.
Su vida fue un misterio porque no se sabe con certeza si nació donde se
dice que nació, ni tampoco se conoce a ciencia cierta la fecha de su
nacimiento. Así mismo las circunstancias de su deceso son oscuras tanto
como las sombras de su tumba anónima, y como si esto fuera poco, se
desconoce su nombre verdadero, porque como veremos más adelante hay
cronistas e historiadores que dicen que se llamaba Fredesvinda García
Herrera, otros dicen que se llamaba Fredelina García a secas y unos más
argumentan que en verdad se llamaba Fredesvinda García Valdés. También
sobre el nombre de su única hija hay dudas, puesto que algunos
historiadores la llaman Grisel y otros Gisel.
De lo que si hay certeza es del calibre de su voz, una voz sobrenatural
que parecía una erupción volcánica o un temblor de la tierra, y que hacía
estremecer los corazones de quienes la escuchaban. Una voz como pocas,
fuera de serie, inigualable, inimitable, incomparable, que igual
enternecía o conmovía. La voz de una mujer que estaba dotada de una
inteligencia musical poco común, caracterizada por un oído armónico
despampanante y un sentido del ritmo casi nunca visto. Esa voz se forjó
cantando a cappella en las noches de ebriedad de un bar del corazón
habanero y quizás por ello la mujer se resentía o incomodaba cantando con
el acompañamiento musical de una big band de cabaret como la que le
pusieron casi obligadamente para grabar su único disco. Ella, que cantaba
solamente boleros, se sentía mejor sin orquesta, quizás tan sólo con una
guitarra filinera al estilo de la del extraordinario Pablo Cano, o tal vez
como bien lo escribió el venezolano César Miguel Rondón, le hubiese
bastado con un par de maracas y un bongó. Hay grandes artistas como
Charlie Parker, Benny Moré, Louis Armstrong, Carlos Gardel, Miles Davis,
Alfredo Sadel, Duke Ellington, Arsenio Rodríguez, Thelonious Monk, Antonio
Carlos Jobim, Astor Piazzolla y tantos otros, cuya celebridad se ha
incrementado incluso después de su muerte, alcanzando la categoría de
mitos de la cultura popular. En el caso de Freddy, nombre artístico de la
mujer de la que venimos hablando, a pesar de haber sido tan corta su
carrera, su sorprendente voz la ha encumbrado también con los años -a más
de medio siglo de su muerte- como una figura mítica de esa Habana
inolvidable y de aquel Caribe cuyo caudal musical es inagotable.
Los antes nombrados sin embargo, quizás con las excepciones de Parker,
Moré y Gardel, engrandecieron más el aporte estético que le hicieron a la
humanidad por la extensión de su presencia vital, en cambio la Freddy ni
siquiera llegó a los treinta años de edad. Por ello no deja de asombrarnos
que no haya caído del todo en el olvido como lo vaticinó literariamente
Cabrera Infante, y que por el contrario, su disco, más allá de las
deficiencias formales, se esté convirtiendo hoy en día en una referencia
antológica de nuestra historia musical y siga siendo reproducido y
publicado profusamente por nuevas marcas disqueras que heredaron los
derechos quizás funambulescamente de Puchito, la empresa que originalmente
lo grabó.
La voz de esta mujer mitológica ha llegado hasta nuestros días gracias a
la audacia, oportunismo y sentido de la historia de un acucioso productor
discográfico independiente, el cubano Jesús Goris, dueño de la ya
desaparecida compañía de discos Puchito, un sello fonográfico de enorme
significado en Cuba, Estados Unidos y América latina, cuya historia está
aún por escribirse, para que las nuevas generaciones tomen conciencia de
la invaluable labor que esta firma desarrolló.
Resulta de la máxima importancia tener en cuenta que para la época en que
Freddy se hizo inmortal gracias a su gesta interpretativa, el mundillo
farandulero de Cuba era altamente desarrollado. Si solamente habláramos de
mujeres, en la escena estaban en los primeros planos Elena Burke, La Lupe,
Olga Guillot, Omara Portuondo, Celia Cruz, Leonora Rega, Marta Valdés,
Celeste Mendoza, Doris de la Torre, Moraima Secada, Marta Strada, Francis
Nápoles, Farah María, Esther Borja, Marta Justiniani, Xiomara Alfaro,
Paulina Álvarez, Gina Martín, Ela Calvo, Amelita Frades, Gina León, Juana
Bacallao, Isolina Carrillo, Merceditas Valdés, Teresita Herrera, Celina
González, Olga Rivero, María Luisa Chorens y Clara Morales, entre otras.
Estas mujeres fueron verdaderos emblemas de la canción cubana y se
encontraban plenamente establecidas desde tiempo atrás en el ambiente
bohemio habanero. La afirmación anterior hace aún más grande la hazaña de
Freddy, ya que en una sociedad racista y férreamente estratificada en
clases sociales como la sociedad habanera de esa época, una mujer surgida
de la nada, mulata, analfabeta y además trabajadora doméstica, logró
encumbrarse en la cima sin otro padrino que su propio talento, la poderosa
fuerza y la belleza de su voz.
Conviene señalar que las circunstancias para triunfar no eran las más
propicias ya que se trataba de una sociedad en transición del capitalismo
al socialismo en ese año 1959 que ha quedado marcado para la historia por
la irrupción de Fidel Castro y su ascenso al poder.
En tal sentido la industria discográfica cubana venía siendo rápidamente
transformada por el afán de diversos productores interesados en dejar de
prisa el país para radicarse en el exterior. Freddy contó con la buena
suerte de que Jesús Goris, el hombre que contribuyó a registrar su voz
para que quedara fijada con caracteres de oro en un fonograma inmortal, se
encontraba residiendo aún en el país durante la primavera de 1960. Al año
siguiente Goris se residenció en Hialeah, Florida y no retornó jamás a
Cuba.
También el tránsito hacia el socialismo implicó el cierre de numerosos
cabarés y bares que antes habían sido las fuentes de empleo de centenares
de artistas fabulosos, perpetrado por unas autoridades gubernamentales
interesadas equivocadamente en suprimir el pasado, tan sólo porque se
trataba del pasado, para darle curso a las nuevas tendencias del llamado
realismo socialista, enfoque estético evidentemente ideologizado mediante
el cual la exquisita música cubana fue absurdamente intervenida por el
estado.
Este proceso desestimuló en forma notable el mundo del espectáculo
habanero que era uno de los más desarrollados del mundo, e implicó el
cierre de muchos puestos de trabajo, no solamente para los artistas.
A pesar de lo dicho, y más allá de todo pronóstico en contrario, su disco
fue un estruendoso suceso de popularidad, una suerte de explosión en mitad
de la noche, que hizo añicos el letargo de los adeptos al sistema que caía
y el escepticismo de los simpatizantes del modelo socialista que estaba
entrando. Sin mucha promoción, como ha escrito Marta Valdés, ya que la
artista era famosa antes de que su fonograma apareciera en el mercado, su
único y excepcional larga duración fue recibido por el pueblo como una
verdadera revolución musical, y desde entonces se convirtió en objeto de
culto. A partir de aquel momento hasta hoy en día han transcurrido más de
cincuenta años, sin que ese milagro del arte popular envejezca o decaiga.
Por el contrario, todos los días cuando lo escuchamos se renueva y suena
con mayor frescura, como si acabara de nacer; una suerte de mito del
eterno retorno musical. Al amparo del negocio del entretenimiento
internacional, de la mano del coreógrafo Rodérico Neyra y del famoso
pianista Julio Gutiérrez, Freddy, quien no permaneció mucho tiempo en La
Habana tras su rutilante y meteórico ascenso al estrellato, se adhirió a
la suerte de otros compatriotas y colegas artistas quienes decidieron
probar fortuna en el exterior.
No están bien documentados los datos de su periplo ni conocemos
infortunadamente con total certeza cuáles fueron sus pasos más allá de
Cuba. Solamente por la vaguedad de las informaciones de prensa y por los
testimonios imprecisos de algunos coetáneos suyos sabemos que era artista
exclusiva de Discos Puchito, que en la capital mexicana Julio Gutiérrez le
estaba produciendo en el invierno de 1961 un segundo disco de larga
duración que no llegó a salir a la luz pública, que tuvo que desprenderse
dolorosamente de su única hija, una niña apenas, dejándola en manos de
amigos de confianza en Cuba, para viajar al extranjero a cumplir el sueño
de universalizar su fama, que de México, donde su presencia musical fue
celebrada y reconocida, partió a Miami con una caravana artística del
Cabaret Tropicana, también como artista exclusiva, que su mánager personal
Néstor Baguer, la llevó de Miami, tras un rotundo éxito, a una gira aún
más extensa que comprendía tres países de primera importancia en el
contexto cultural latinoamericano: Colombia, Venezuela y Puerto Rico, que
su pasó por Caracas fue apoteósico y que recaló en San Juan como una
enorme ballena cansada, buscando el sosiego y el calor hogareño para
desahogar su nostalgia de la patria perdida, en casa de otro músico,
admirador y amigo llamado Bobby Collazo, y que en una noche de tragos y
recuerdos, el 31 de Julio de 1961, su corazón no pudo resistir más la
intensidad de esa vida de desgarramiento y lejanía, sucumbiendo para
siempre.
Como un aporte desde Colombia, al conocimiento de la vida y la obra de
esta artista en el verdadero sentido de la palabra, quiero compartir las
siguientes páginas con los gentiles lectores de Herencia Latina,
recordando a la Freddy tras la conmemoración el pasado 31 de Julio del
2011 del primer medio siglo de su deceso...
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/
Vida y obra de Freddy la bolerista. (fragmento)
HISTORIA
Vida y obra de Freddy la bolerista. (fragmento)

Por: Jairo Grijalba Ruiz
Fecha: 2012.02.10
Fuente: Herencia Latina
Otras fabulosas intérpretes como Omara Portuondo y Totó La Momposina, con carreras igual de extensas que las de las mujeres arriba nombradas, siguen aún vigentes, prodigando su música excepcional por los cinco continentes. Igualmente hemos tenido divas de renombre como Celina González, Xiomara Alfaro, María Luisa Landín, Virginia López y Astrud Gilberto que fueron desligándose gradual y discretamente de la vida artística ya entradas en años, pero dejaron una huella imborrable en la memoria del pueblo.
También se han dado los casos de vocalistas geniales, de gran personalidad y carácter, cuyas carreras estuvieron signadas por la intensidad y el drama, al igual que sus vidas, y que fallecieron en plena madurez cuando aún les quedaba mucho más por dar. Entre ellas podemos recordar a Billie Holiday, Edith Piaf, La Lupe, Elis Regina y Dinah Washington. Todas cinco murieron consumidas por el vértigo de sus ansias de vivir y de probarlo todo, sin límites. Fueron calcinadas por sus propios excesos cuando aún eran jóvenes y estaban todavía gozando del fervor del público. Pese a lo dicho, los melómanos a lo largo y ancho del mundo, podemos seguir disfrutando en extenso la música de estas y otras mujeres de estatura superlativa porque fueron visitantes asiduas de los estudios de grabación y dejaron para la posteridad el prodigio de su talante artístico en decenas de discos inmortales. Discos que le han dado la vuelta al planeta y que persisten año tras año en el gusto del público.
La mujer de la que hablaremos en las siguientes páginas no encaja en
ninguno de los ejemplos arriba mencionados, pero no por ello podemos dejar
de considerarla tan grande y genial intérprete como todas las anteriores.
A diferencia de ellas, grabó un solo disco durante su cortísima y
fulgurante carrera. Un disco de larga duración hecho en 1960 que contiene
solamente doce boleros. Sin embargo se trata de doce boleros
magistralmente interpretados que bastaron para que su nombre quedara
grabado en la historia con letras doradas.[2] Del disco en referencia se
sabe que la carátula fue un trabajo deplorable hecho por un ilustrador
gráfico cuyo nombre ha quedado en el anonimato. Tan deplorable resultó la
carátula en mención que mereció un encendido párrafo de desaprobación en
una famosa novela del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, premio
Cervantes de literatura.
Pero no fue solamente la carátula lo único deleznable de ese grandioso
disco sino que también han sido duramente criticados los arreglos
musicales, el acompañamiento orquestal y hasta la técnica con la que se
hizo la grabación, de la cual se ha dicho que atentaba contra la fabulosa
e increíble voz de contralto de la cantante.
Esta mujer de la que les hablo pesaba alrededor de 350 libras según se ha
dicho, asunto que se concluye además de su apariencia rolliza cuando
observamos las muy pocas fotografías que se conservan aún de su breve y
dramático paso por la vida. No era de aspecto grácil como Billie Holiday,
ni tenía dulces los rasgos del rostro como Astrud Gilberto, tampoco era
esbelta como Omara Portuondo, ni una consumada bailarina como Ana Gloria
Varona. Mulata de extracción humilde, no pudo tener una educación vocal
como Sarah Vaughan, cuya bellísima voz de contralto sin embargo
paradójicamente sería su referente natural, en especial por su versión
inmortal de ese esplendido “The Man I Love” de la autoría de George
Gershwin que ella supo vocalizar con una calidad similar o superior a la
de la tonadillera estadounidense.
La cantante de la que hablaremos en estas páginas no se pasó la mayor
parte de su vida en escuelas de música, salas de concierto y teatros,
encandilada por las luces del éxito y abrumada por los efluvios mezquinos
de la gloria, sino que estuvo al menos doce años, casi la mitad de su
existencia, en la cocina de una familia prestante de El Vedado, un barrio
de La Habana, trabajando como empleada doméstica, desde que era una niña.
Ella únicamente vivió veintiséis años, aunque hay autores que afirman que
vivió veintiocho, de los cuales tan sólo los tres últimos constituyeron su
efímera pero inmortal carrera musical; esta transcurrió entre 1959 y
mediados de 1961.
De todas las divas arriba aludidas se conoce el lugar de la tumba donde
yacen sus restos mortales y esta es al menos objeto de veneración por
parte de una extensa cauda de admiradores. En cambio de la mujer que les
hablo solamente sabemos que falleció súbitamente en San Juan, la capital
de Puerto Rico, y que está enterrada en un lugar olvidado del cementerio
capitalino. Las inolvidables reinas de la noche cuyos nombres hemos ya
mencionado, cuando fallecieron fueron objeto de los más amplios
despliegues mediáticos, sus sepelios fueron acompañados de centenares de
fieles seguidores y a la infausta noticia de su fallecimiento quizás le
fue concedida la primera plana de los diarios y revistas más importantes
que se ocupan del mundillo del espectáculo, a diferencia de la mujer en
comento cuyo deceso pasó casi desapercibido incluso para sus propios
familiares. En su caso a la morada final la acompañaron no más que unos
pocos amigos.
Así como su vida transcurrió entre las sombras, más allá de la muerte
también ha sido cubierta por las sombras del olvido y borrada de
circulación por el aparato mediático moderno ya que en los primeros planos
no suele aparecer, salvo por unas contadas pero valiosas excepciones como
la novela de Cabrera Infante, en cuyas páginas quedó fijada para siempre
pero con un nombre ficticio.
Su vida fue un misterio porque no se sabe con certeza si nació donde se
dice que nació, ni tampoco se conoce a ciencia cierta la fecha de su
nacimiento. Así mismo las circunstancias de su deceso son oscuras tanto
como las sombras de su tumba anónima, y como si esto fuera poco, se
desconoce su nombre verdadero, porque como veremos más adelante hay
cronistas e historiadores que dicen que se llamaba Fredesvinda García
Herrera, otros dicen que se llamaba Fredelina García a secas y unos más
argumentan que en verdad se llamaba Fredesvinda García Valdés. También
sobre el nombre de su única hija hay dudas, puesto que algunos
historiadores la llaman Grisel y otros Gisel.
De lo que si hay certeza es del calibre de su voz, una voz sobrenatural
que parecía una erupción volcánica o un temblor de la tierra, y que hacía
estremecer los corazones de quienes la escuchaban. Una voz como pocas,
fuera de serie, inigualable, inimitable, incomparable, que igual
enternecía o conmovía. La voz de una mujer que estaba dotada de una
inteligencia musical poco común, caracterizada por un oído armónico
despampanante y un sentido del ritmo casi nunca visto. Esa voz se forjó
cantando a cappella en las noches de ebriedad de un bar del corazón
habanero y quizás por ello la mujer se resentía o incomodaba cantando con
el acompañamiento musical de una big band de cabaret como la que le
pusieron casi obligadamente para grabar su único disco. Ella, que cantaba
solamente boleros, se sentía mejor sin orquesta, quizás tan sólo con una
guitarra filinera al estilo de la del extraordinario Pablo Cano, o tal vez
como bien lo escribió el venezolano César Miguel Rondón, le hubiese
bastado con un par de maracas y un bongó. Hay grandes artistas como
Charlie Parker, Benny Moré, Louis Armstrong, Carlos Gardel, Miles Davis,
Alfredo Sadel, Duke Ellington, Arsenio Rodríguez, Thelonious Monk, Antonio
Carlos Jobim, Astor Piazzolla y tantos otros, cuya celebridad se ha
incrementado incluso después de su muerte, alcanzando la categoría de
mitos de la cultura popular. En el caso de Freddy, nombre artístico de la
mujer de la que venimos hablando, a pesar de haber sido tan corta su
carrera, su sorprendente voz la ha encumbrado también con los años -a más
de medio siglo de su muerte- como una figura mítica de esa Habana
inolvidable y de aquel Caribe cuyo caudal musical es inagotable.
Los antes nombrados sin embargo, quizás con las excepciones de Parker,
Moré y Gardel, engrandecieron más el aporte estético que le hicieron a la
humanidad por la extensión de su presencia vital, en cambio la Freddy ni
siquiera llegó a los treinta años de edad. Por ello no deja de asombrarnos
que no haya caído del todo en el olvido como lo vaticinó literariamente
Cabrera Infante, y que por el contrario, su disco, más allá de las
deficiencias formales, se esté convirtiendo hoy en día en una referencia
antológica de nuestra historia musical y siga siendo reproducido y
publicado profusamente por nuevas marcas disqueras que heredaron los
derechos quizás funambulescamente de Puchito, la empresa que originalmente
lo grabó.
La voz de esta mujer mitológica ha llegado hasta nuestros días gracias a
la audacia, oportunismo y sentido de la historia de un acucioso productor
discográfico independiente, el cubano Jesús Goris, dueño de la ya
desaparecida compañía de discos Puchito, un sello fonográfico de enorme
significado en Cuba, Estados Unidos y América latina, cuya historia está
aún por escribirse, para que las nuevas generaciones tomen conciencia de
la invaluable labor que esta firma desarrolló.
Resulta de la máxima importancia tener en cuenta que para la época en que
Freddy se hizo inmortal gracias a su gesta interpretativa, el mundillo
farandulero de Cuba era altamente desarrollado. Si solamente habláramos de
mujeres, en la escena estaban en los primeros planos Elena Burke, La Lupe,
Olga Guillot, Omara Portuondo, Celia Cruz, Leonora Rega, Marta Valdés,
Celeste Mendoza, Doris de la Torre, Moraima Secada, Marta Strada, Francis
Nápoles, Farah María, Esther Borja, Marta Justiniani, Xiomara Alfaro,
Paulina Álvarez, Gina Martín, Ela Calvo, Amelita Frades, Gina León, Juana
Bacallao, Isolina Carrillo, Merceditas Valdés, Teresita Herrera, Celina
González, Olga Rivero, María Luisa Chorens y Clara Morales, entre otras.
Estas mujeres fueron verdaderos emblemas de la canción cubana y se
encontraban plenamente establecidas desde tiempo atrás en el ambiente
bohemio habanero. La afirmación anterior hace aún más grande la hazaña de
Freddy, ya que en una sociedad racista y férreamente estratificada en
clases sociales como la sociedad habanera de esa época, una mujer surgida
de la nada, mulata, analfabeta y además trabajadora doméstica, logró
encumbrarse en la cima sin otro padrino que su propio talento, la poderosa
fuerza y la belleza de su voz.
Conviene señalar que las circunstancias para triunfar no eran las más
propicias ya que se trataba de una sociedad en transición del capitalismo
al socialismo en ese año 1959 que ha quedado marcado para la historia por
la irrupción de Fidel Castro y su ascenso al poder.
En tal sentido la industria discográfica cubana venía siendo rápidamente
transformada por el afán de diversos productores interesados en dejar de
prisa el país para radicarse en el exterior. Freddy contó con la buena
suerte de que Jesús Goris, el hombre que contribuyó a registrar su voz
para que quedara fijada con caracteres de oro en un fonograma inmortal, se
encontraba residiendo aún en el país durante la primavera de 1960. Al año
siguiente Goris se residenció en Hialeah, Florida y no retornó jamás a
Cuba.
También el tránsito hacia el socialismo implicó el cierre de numerosos
cabarés y bares que antes habían sido las fuentes de empleo de centenares
de artistas fabulosos, perpetrado por unas autoridades gubernamentales
interesadas equivocadamente en suprimir el pasado, tan sólo porque se
trataba del pasado, para darle curso a las nuevas tendencias del llamado
realismo socialista, enfoque estético evidentemente ideologizado mediante
el cual la exquisita música cubana fue absurdamente intervenida por el
estado.
Este proceso desestimuló en forma notable el mundo del espectáculo
habanero que era uno de los más desarrollados del mundo, e implicó el
cierre de muchos puestos de trabajo, no solamente para los artistas.
A pesar de lo dicho, y más allá de todo pronóstico en contrario, su disco
fue un estruendoso suceso de popularidad, una suerte de explosión en mitad
de la noche, que hizo añicos el letargo de los adeptos al sistema que caía
y el escepticismo de los simpatizantes del modelo socialista que estaba
entrando. Sin mucha promoción, como ha escrito Marta Valdés, ya que la
artista era famosa antes de que su fonograma apareciera en el mercado, su
único y excepcional larga duración fue recibido por el pueblo como una
verdadera revolución musical, y desde entonces se convirtió en objeto de
culto. A partir de aquel momento hasta hoy en día han transcurrido más de
cincuenta años, sin que ese milagro del arte popular envejezca o decaiga.
Por el contrario, todos los días cuando lo escuchamos se renueva y suena
con mayor frescura, como si acabara de nacer; una suerte de mito del
eterno retorno musical. Al amparo del negocio del entretenimiento
internacional, de la mano del coreógrafo Rodérico Neyra y del famoso
pianista Julio Gutiérrez, Freddy, quien no permaneció mucho tiempo en La
Habana tras su rutilante y meteórico ascenso al estrellato, se adhirió a
la suerte de otros compatriotas y colegas artistas quienes decidieron
probar fortuna en el exterior.
No están bien documentados los datos de su periplo ni conocemos
infortunadamente con total certeza cuáles fueron sus pasos más allá de
Cuba. Solamente por la vaguedad de las informaciones de prensa y por los
testimonios imprecisos de algunos coetáneos suyos sabemos que era artista
exclusiva de Discos Puchito, que en la capital mexicana Julio Gutiérrez le
estaba produciendo en el invierno de 1961 un segundo disco de larga
duración que no llegó a salir a la luz pública, que tuvo que desprenderse
dolorosamente de su única hija, una niña apenas, dejándola en manos de
amigos de confianza en Cuba, para viajar al extranjero a cumplir el sueño
de universalizar su fama, que de México, donde su presencia musical fue
celebrada y reconocida, partió a Miami con una caravana artística del
Cabaret Tropicana, también como artista exclusiva, que su mánager personal
Néstor Baguer, la llevó de Miami, tras un rotundo éxito, a una gira aún
más extensa que comprendía tres países de primera importancia en el
contexto cultural latinoamericano: Colombia, Venezuela y Puerto Rico, que
su pasó por Caracas fue apoteósico y que recaló en San Juan como una
enorme ballena cansada, buscando el sosiego y el calor hogareño para
desahogar su nostalgia de la patria perdida, en casa de otro músico,
admirador y amigo llamado Bobby Collazo, y que en una noche de tragos y
recuerdos, el 31 de Julio de 1961, su corazón no pudo resistir más la
intensidad de esa vida de desgarramiento y lejanía, sucumbiendo para
siempre.
Como un aporte desde Colombia, al conocimiento de la vida y la obra de
esta artista en el verdadero sentido de la palabra, quiero compartir las
siguientes páginas con los gentiles lectores de Herencia Latina,
recordando a la Freddy tras la conmemoración el pasado 31 de Julio del
2011 del primer medio siglo de su deceso...
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