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HISTORIA

Vida y obra de Freddy la bolerista. (fragmento)

Por: Jairo Grijalba Ruiz
Fecha: 2012.02.10
Fuente: Herencia Latina

      A lo largo de la historia de la música popular han existido cantantes de dilatadas trayectorias como Ella Fitzgerald, María Teresa Vera, Mercedes Sosa, Sarah Vaughan, Celia Cruz, Elena Burke, Miriam Makeba, Libertad Lamarque, Toña La Negra, Graciela, Lola Flores (La Faraona) y Olga Guillot, que comenzaron sus carreras a muy temprana edad y permanecieron por varias décadas como protagonistas de primer nivel en los escenarios del mundo, dando de qué hablar casi hasta el día de su fallecimiento.

      Otras fabulosas intérpretes como Omara Portuondo y Totó La Momposina, con carreras igual de extensas que las de las mujeres arriba nombradas, siguen aún vigentes, prodigando su música excepcional por los cinco continentes. Igualmente hemos tenido divas de renombre como Celina González, Xiomara Alfaro, María Luisa Landín, Virginia López y Astrud Gilberto que fueron desligándose gradual y discretamente de la vida artística ya entradas en años, pero dejaron una huella imborrable en la memoria del pueblo.
      
      También se han dado los casos de vocalistas geniales, de gran personalidad y carácter, cuyas carreras estuvieron signadas por la intensidad y el drama, al igual que sus vidas, y que fallecieron en plena madurez cuando aún les quedaba mucho más por dar. Entre ellas podemos recordar a Billie Holiday, Edith Piaf, La Lupe, Elis Regina y Dinah Washington. Todas cinco murieron consumidas por el vértigo de sus ansias de vivir y de probarlo todo, sin límites. Fueron calcinadas por sus propios excesos cuando aún eran jóvenes y estaban todavía gozando del fervor del público. Pese a lo dicho, los melómanos a lo largo y ancho del mundo, podemos seguir disfrutando en extenso la música de estas y otras mujeres de estatura superlativa porque fueron visitantes asiduas de los estudios de grabación  y dejaron para la posteridad el prodigio de su talante artístico en decenas de discos inmortales. Discos que le han dado la vuelta al planeta y que persisten año tras año en el gusto del público.
        
      La mujer de la que hablaremos en las siguientes páginas no encaja en
      ninguno de los ejemplos arriba mencionados, pero no por ello podemos dejar
      de considerarla tan grande y genial intérprete como todas las anteriores.
      A diferencia de ellas, grabó un solo disco durante su cortísima y
      fulgurante carrera. Un disco de larga duración hecho en 1960 que contiene
      solamente doce boleros. Sin embargo se trata de doce boleros
      magistralmente interpretados que bastaron para que su nombre quedara
      grabado en la historia con letras doradas.[2] Del disco en referencia se
      sabe que la carátula fue un trabajo deplorable hecho por un ilustrador
      gráfico cuyo nombre ha quedado en el anonimato. Tan deplorable resultó la
      carátula en mención que mereció un encendido párrafo de desaprobación en
      una famosa novela del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, premio
      Cervantes de literatura.
      
      Pero no fue solamente la carátula lo único deleznable de ese grandioso
      disco sino que también han sido duramente criticados los arreglos
      musicales, el acompañamiento orquestal y hasta la técnica con la que se
      hizo la grabación, de la cual se ha dicho que atentaba contra la fabulosa
      e increíble voz de contralto de la cantante.
      
      Esta mujer de la que les hablo pesaba alrededor de 350 libras según se ha
      dicho, asunto que se concluye además de su apariencia rolliza cuando
      observamos las muy pocas fotografías que se conservan aún de su breve y
      dramático paso por la vida. No era de aspecto grácil como Billie Holiday,
      ni tenía dulces los rasgos del rostro como Astrud Gilberto, tampoco era
      esbelta como Omara Portuondo, ni una consumada bailarina como Ana Gloria
      Varona. Mulata de extracción humilde, no pudo tener una educación vocal
      como Sarah Vaughan, cuya bellísima voz de contralto sin embargo
      paradójicamente sería su referente natural, en especial por su versión
      inmortal de ese esplendido “The Man I Love” de la autoría de George
      Gershwin que ella supo vocalizar con una calidad similar o superior a la
      de la tonadillera estadounidense.
      
      La cantante de la que hablaremos en estas páginas no se pasó la mayor
      parte de su vida en escuelas de música, salas de concierto y teatros,
      encandilada por las luces del éxito y abrumada por los efluvios mezquinos
      de la gloria, sino que estuvo al menos doce años, casi la mitad de su
      existencia, en la cocina de una familia prestante de El Vedado, un barrio
      de La Habana, trabajando como empleada doméstica, desde que era una niña.
      Ella únicamente vivió veintiséis años, aunque hay autores que afirman que
      vivió veintiocho, de los cuales tan sólo los tres últimos constituyeron su
      efímera pero inmortal carrera musical; esta transcurrió entre 1959 y
      mediados de 1961.
      
      De todas las divas arriba aludidas se conoce el lugar de la tumba donde
      yacen sus restos mortales y esta es al menos objeto de veneración por
      parte de una extensa cauda de admiradores. En cambio de la mujer que les
      hablo solamente sabemos que falleció súbitamente en San Juan, la capital
      de Puerto Rico, y que está enterrada en un lugar olvidado del cementerio
      capitalino. Las inolvidables reinas de la noche cuyos nombres hemos ya
      mencionado, cuando fallecieron fueron objeto de los más amplios
      despliegues mediáticos, sus sepelios fueron acompañados de centenares de
      fieles seguidores y a la infausta noticia de su fallecimiento quizás le
      fue concedida la primera plana de los diarios y revistas más importantes
      que se ocupan del mundillo del espectáculo, a diferencia de la mujer en
      comento cuyo deceso pasó casi desapercibido incluso para sus propios
      familiares. En su caso a la morada final la acompañaron no más que unos
      pocos amigos.
      
      Así como su vida transcurrió entre las sombras, más allá de la muerte
      también ha sido cubierta por las sombras del olvido y borrada de
      circulación por el aparato mediático moderno ya que en los primeros planos
      no suele aparecer, salvo por unas contadas pero valiosas excepciones como
      la novela de Cabrera Infante, en cuyas páginas quedó fijada para siempre
      pero con un nombre ficticio.
      
      Su vida fue un misterio porque no se sabe con certeza si nació donde se
      dice que nació, ni tampoco se conoce a ciencia cierta la fecha de su
      nacimiento. Así mismo las circunstancias de su deceso son oscuras tanto
      como las sombras de su tumba anónima, y como si esto fuera poco, se
      desconoce su nombre verdadero, porque como veremos más adelante hay
      cronistas e historiadores que dicen que se llamaba Fredesvinda García
      Herrera, otros dicen que se llamaba Fredelina García a secas y unos más
      argumentan que en verdad se llamaba Fredesvinda García Valdés. También
      sobre el nombre de su única hija hay dudas, puesto que algunos
      historiadores la llaman Grisel y otros Gisel.
      
      De lo que si hay certeza es del calibre de su voz, una voz sobrenatural
      que parecía una erupción volcánica o un temblor de la tierra, y que hacía
      estremecer los corazones de quienes la escuchaban. Una voz como pocas,
      fuera de serie, inigualable, inimitable, incomparable, que igual
      enternecía o conmovía. La voz de una mujer que estaba dotada de una
      inteligencia musical poco común, caracterizada por un oído armónico
      despampanante y un sentido del ritmo casi nunca visto. Esa voz se forjó
      cantando a cappella en las noches de ebriedad de un bar del corazón
      habanero y quizás por ello la mujer se resentía o incomodaba cantando con
      el acompañamiento musical de una big band de cabaret como la que le
      pusieron casi obligadamente para grabar su único disco. Ella, que cantaba
      solamente boleros, se sentía mejor sin orquesta, quizás tan sólo con una
      guitarra filinera al estilo de la del extraordinario Pablo Cano, o tal vez
      como bien lo escribió el venezolano César Miguel Rondón, le hubiese
      bastado con un par de maracas y un bongó. Hay grandes artistas como
      Charlie Parker, Benny Moré, Louis Armstrong, Carlos Gardel, Miles Davis,
      Alfredo Sadel, Duke Ellington, Arsenio Rodríguez, Thelonious Monk, Antonio
      Carlos Jobim, Astor Piazzolla y tantos otros, cuya celebridad se ha
      incrementado incluso después de su muerte, alcanzando la categoría de
      mitos de la cultura popular. En el caso de Freddy, nombre artístico de la
      mujer de la que venimos hablando, a pesar de haber sido tan corta su
      carrera, su sorprendente voz la ha encumbrado también con los años -a más
      de medio siglo de su muerte- como una figura mítica de esa Habana
      inolvidable y de aquel Caribe cuyo caudal musical es inagotable.
      
      Los antes nombrados sin embargo, quizás con las excepciones de Parker,
      Moré y Gardel, engrandecieron más el aporte estético que le hicieron a la
      humanidad por la extensión de su presencia vital, en cambio la Freddy ni
      siquiera llegó a los treinta años de edad. Por ello no deja de asombrarnos
      que no haya caído del todo en el olvido como lo vaticinó literariamente
      Cabrera Infante, y que por el contrario, su disco, más allá de las
      deficiencias formales, se esté convirtiendo hoy en día en una referencia
      antológica de nuestra historia musical y siga siendo reproducido y
      publicado profusamente por nuevas marcas disqueras que heredaron los
      derechos quizás funambulescamente de Puchito, la empresa que originalmente
      lo grabó.
      
      La voz de esta mujer mitológica ha llegado hasta nuestros días gracias a
      la audacia, oportunismo y sentido de la historia de un acucioso productor
      discográfico independiente, el cubano Jesús Goris, dueño de la ya
      desaparecida compañía de discos Puchito, un sello fonográfico de enorme
      significado en Cuba, Estados Unidos y América latina, cuya historia está
      aún por escribirse, para que las nuevas generaciones tomen conciencia de
      la invaluable labor que esta firma desarrolló.
      
      Resulta de la máxima importancia tener en cuenta que para la época en que
      Freddy se hizo inmortal gracias a su gesta interpretativa, el mundillo
      farandulero de Cuba era altamente desarrollado. Si solamente habláramos de
      mujeres, en la escena estaban en los primeros planos Elena Burke, La Lupe,
      Olga Guillot, Omara Portuondo, Celia Cruz, Leonora Rega, Marta Valdés,
      Celeste Mendoza, Doris de la Torre, Moraima Secada, Marta Strada, Francis
      Nápoles, Farah María, Esther Borja, Marta Justiniani, Xiomara Alfaro,
      Paulina Álvarez, Gina Martín, Ela Calvo, Amelita Frades, Gina León, Juana
      Bacallao, Isolina Carrillo, Merceditas Valdés, Teresita Herrera, Celina
      González, Olga Rivero, María Luisa Chorens y Clara Morales, entre otras.
      Estas mujeres fueron verdaderos emblemas de la canción cubana y se
      encontraban plenamente establecidas desde tiempo atrás en el ambiente
      bohemio habanero. La afirmación anterior hace aún más grande la hazaña de
      Freddy, ya que en una sociedad racista y férreamente estratificada en
      clases sociales como la sociedad habanera de esa época, una mujer surgida
      de la nada, mulata, analfabeta y además trabajadora doméstica, logró
      encumbrarse en la cima sin otro padrino que su propio talento, la poderosa
      fuerza y la belleza de su voz.
      
      Conviene señalar que las circunstancias para triunfar no eran las más
      propicias ya que se trataba de una sociedad en transición del capitalismo
      al socialismo en ese año 1959 que ha quedado marcado para la historia por
      la irrupción de Fidel Castro y su ascenso al poder.
      
      En tal sentido la industria discográfica cubana venía siendo rápidamente
      transformada por el afán de diversos productores interesados en dejar de
      prisa el país para radicarse en el exterior. Freddy contó con la buena
      suerte de que Jesús Goris, el hombre que contribuyó a registrar su voz
      para que quedara fijada con caracteres de oro en un fonograma inmortal, se
      encontraba residiendo aún en el país durante la primavera de 1960. Al año
      siguiente Goris se residenció en Hialeah, Florida y no retornó jamás a
      Cuba.
      
      También el tránsito hacia el socialismo implicó el cierre de numerosos
      cabarés y bares que antes habían sido las fuentes de empleo de centenares
      de artistas fabulosos, perpetrado por unas autoridades gubernamentales
      interesadas equivocadamente en suprimir el pasado, tan sólo porque se
      trataba del pasado, para darle curso a las nuevas tendencias del llamado
      realismo socialista, enfoque estético evidentemente ideologizado mediante
      el cual la exquisita música cubana fue absurdamente intervenida por el
      estado.
      
      Este proceso desestimuló en forma notable el mundo del espectáculo
      habanero que era uno de los más desarrollados del mundo, e implicó el
      cierre de muchos puestos de trabajo, no solamente para los artistas.
      
      A pesar de lo dicho, y más allá de todo pronóstico en contrario, su disco
      fue un estruendoso suceso de popularidad, una suerte de explosión en mitad
      de la noche, que hizo añicos el letargo de los adeptos al sistema que caía
      y el escepticismo de los simpatizantes del modelo socialista que estaba
      entrando. Sin mucha promoción, como ha escrito Marta Valdés, ya que la
      artista era famosa antes de que su fonograma apareciera en el mercado, su
      único y excepcional larga duración fue recibido por el pueblo como una
      verdadera revolución musical, y desde entonces se convirtió en objeto de
      culto. A partir de aquel momento hasta hoy en día han transcurrido más de
      cincuenta años, sin que ese milagro del arte popular envejezca o decaiga.
      Por el contrario, todos los días cuando lo escuchamos se renueva y suena
      con mayor frescura, como si acabara de nacer; una suerte de mito del
      eterno retorno musical. Al amparo del negocio del entretenimiento
      internacional, de la mano del coreógrafo Rodérico Neyra y del famoso
      pianista Julio Gutiérrez, Freddy, quien no permaneció mucho tiempo en La
      Habana tras su rutilante y meteórico ascenso al estrellato, se adhirió a
      la suerte de otros compatriotas y colegas artistas quienes decidieron
      probar fortuna en el exterior.
         
      No están bien documentados los datos de su periplo ni conocemos
      infortunadamente con total certeza cuáles fueron sus pasos más allá de
      Cuba. Solamente por la vaguedad de las informaciones de prensa y por los
      testimonios imprecisos de algunos coetáneos suyos sabemos que era artista
      exclusiva de Discos Puchito, que en la capital mexicana Julio Gutiérrez le
      estaba produciendo en el invierno de 1961 un segundo disco de larga
      duración que no llegó a salir a la luz pública, que tuvo que desprenderse
      dolorosamente de su única hija, una niña apenas, dejándola en manos de
      amigos de confianza en Cuba, para viajar al extranjero a cumplir el sueño
      de universalizar su fama, que de México, donde su presencia musical fue
      celebrada y reconocida, partió a Miami con una caravana artística del
      Cabaret Tropicana, también como artista exclusiva, que su mánager personal
      Néstor Baguer, la llevó de Miami, tras un rotundo éxito, a una gira aún
      más extensa que comprendía tres países de primera importancia en el
      contexto cultural latinoamericano: Colombia, Venezuela y Puerto Rico, que
      su pasó por Caracas fue apoteósico y que recaló en San Juan como una
      enorme ballena cansada, buscando el sosiego y el calor hogareño para
      desahogar su nostalgia de la patria perdida, en casa de otro músico,
      admirador y amigo llamado Bobby Collazo, y que en una noche de tragos y
      recuerdos, el 31 de Julio de 1961, su corazón no pudo resistir más la
      intensidad de esa vida de desgarramiento y lejanía, sucumbiendo para
      siempre.
      Como un aporte desde Colombia, al conocimiento de la vida y la obra de
      esta artista en el verdadero sentido de la palabra, quiero compartir las
      siguientes páginas con los gentiles lectores de Herencia Latina,
      recordando a la Freddy tras la conmemoración el pasado 31 de Julio del
      2011 del primer medio siglo de su deceso...

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