D'Cuba Jazz
Viernes, 20 de Agosto, 2021
Valdés, dando prueba de su mantenida amistad, quien le advirtió de ello.
La mayor parte de los testimonios que se han podido recoger sobre la trayectoria de Chano Pozo son contradictorios entre sí, por las naturales variantes que se originan cuando la principal fuente es la tradición oral y la empedernida vocación de aquel que llamaran El tambor de Cuba de moverse
en los brumosos terrenos de la marginalidad. Hay, sin embargo, algunos aspectos, algunos hechos o situaciones, que están muy claros. Entre ellos está su larga y fecunda amistad con Miguelito Valdés.
Aunque Chano había nacido en un solar del Vedado llamado Pan con Timba, desde los ocho años comenzó a vivir en el solar África del barrio de Pueblo Nuevo, situado entre las calles Zanja, Soledad, San José y Oquendo. Este barrio linda con Cayo Hueso, donde había venido a vivir la familia de
Miguelito Valdés, procedente de Belén. Miguelito vivía en el pasaje Aurora, entre las calles Oquendo y Soledad, a solo cuatro cuadras del solar África, razón por la cual no fue difícil que los dos muchachos caminadores de todos los rincones de Centro Habana se conocieran. Otra cosa bien diferente fue
que tuvieran mucha empatía — como la tuvieron— y no tardaran en ser muy amigos.
Hicieron un dúo de rumbeadores. Miguelito cantaba y Chano le acompañaba con el tambor. Y al estilo de tantos y tantos músicos populares de aquella época, iban por bares y cafeterías haciendo su música con la aspiración de poder traer algunas monedas de regreso a la casa. Así estuvieron bastante tiempo, hasta que Miguelito fundó en 1928, el Septeto Jóvenes del Cayo y Chano tuvo que buscarse otras parejas para rumbear. Hay quien dice que en ese momento se fracturó la amistad entre ellos. En mi opinión Miguelito no lo incorporó a esa agrupación por la manera intranquila y al margen de la ley, que Chano manifestaba de continuo. Tanto es así que no tardó el adolescente en ser confinado en un reformatorio llamado Torrent, allá por Guanajay.
A los dieciocho años salió Chano del reformatorio y se puso a trabajar en lo que apareciera, lo mismo repartía periódicos que limpiaba zapatos como su padre, pero su obsesión seguía siendo la rumba.
Eran los inicios de la década del 30 del siglo pasado y su figura comenzó a hacerse legendaria tocando su tambor quinto, al frente de las más connotadas comparsas de la capital cubana: la de su propio barrio Pueblo Nuevo, llamada El Barracón; La Sultana, de Colón; El Alacrán, del Cerro y La
Jardinera, de Jesús María. También tocaba en solares y fiestas particulares. Tal fama había conseguido, que en 1937 fue llamado por el compositor y director Gilberto Valdés, para que se integrara a una orquesta sinfónica con la cual ofrecería unos conciertos en el Anfiteatro de La Habana. Poco después lo llamó Obdulio Morales para que formara parte de su orquesta Los
Melódicos, que se presentaba en el Hotel Presidente y este mismo compositor y director lo llamó para que en 1938 fuera uno de los tamboreros de su revista musical llamada Batamú, presentada con mucho éxito en el Teatro Martí.
Siendo ya un consagrado del tambor, a él solo se le reconocía como intérprete, cuando en realidad en el ejercicio constante de la rumba, siempre andaba tarareando estribillos de su autoría, a los cuales todo parece indicar que el mismo no daba especial importancia. Es Miguelito Valdés, dando prueba de su mantenida amistad, quien le advirtió de ello. Estaba el joven cantante en ese momento, formando parte de la Orquesta Casino de la Playa, en la cual también figuraba el pianista Anselmo Sacasas. Miguelito llevó a Chano a casa de este, para que cantara varias de esas piezas que le habían brotado entre la calle y el tambor y el pianista las transcribiera.
Una vez listas las partes de piano, Miguelito llevó a Chano ante Ernesto Roca, representante de la Editorial Peer Internacional, para registrar susobras y en octubre de 1939, grabó la primera rumba de Chano con la Casino de la Playa: «Blen, Blen, Blen». Lo más natural hubiera sido que el soberbio
tamborero participara de la grabación, pero por ser muy negro no lo llamaron, toda vez que al salir la grabación al mercado, habría que incluirla en el repertorio y en los salones aristocráticos en los que se presentaba con frecuencia la agrupación, no estaba bien visto un negro como Chano. El autor de esta ya emblemática pieza de nuestra música tendría todavía que seguir limpiando zapatos, aunque muy pronto Miguelito le grabaría otras piezas con esta orquesta: «Arriñañara», «Guagüina Yerabo» y
«Sangafimba». Y después de salir de la Casino y poco antes de partir hacia EE.UU., en 1940, Miguelito aprovechó para grabar con la Orquesta Riverside otra rumba de Pozo: «Anana Boroco Tinde».
Mientras Chano era contratado como conserje de la emisora RHC- Cadena Azul y luego era llamado por Leonardo Timor (padre), para que participara en la Orquesta Havana Casino, llegando a componerle piezas especialmente para él; Miguelito Valdés parte para EE.UU. y el 12 de mayo de 1940 hizo su debut con la Havana Royal Orquesta de Xavier Cugat, en el Sert Room del Hotel Waldorf
Astoria. El 27 de mayo realiza las primeras grabaciones con Cugat y no dudó en incluir «Blen, Blen, Blen». Haciendo entonces una versión menos radical, más al alcance de los oídos de los bailadores norteamericanos.
La primera mitad de la década del 40 fue de gran éxito y reconocimiento para Chano en los medios capitalinos, llamado de nuevo por Gilberto Valdés para participar en otro espectáculo en el Anfiteatro de La Habana, que se denominó «Tambó en Negro Mayor». Integró la banda que acompañó a Miguelito Valdés en un concierto en la RHC- Cadena Azul, a fines de 1941, cuando el cantante estuvo de visita en La Habana. Tocó el tambor en grabaciones de Osvaldo Estívil con la Orquesta del Hotel Nacional. En 1943 formó parte del elenco que ofreció un homenaje a Rita Montaner en el Teatro Campoamor. En el 1944 el tresero Humberto Cané lo llamó a un Conjunto Todos Estrellas que por tres meses actuó en el Casino Nacional y luego Chano se quedó con la agrupación, llamándole Conjunto Azul para actuar en la RHC. Pero en noviembre de 1945 Chano fue gravemente herido en un pleito que él armó en la Sociedad de Autores y quedó con vida gracias a una eficaz operación del
médico Benigno Souza, y no tuvo problemas con la justicia por el apoyo de amigos poderosos. Aunque incluso en 1946 grabó números con el Conjunto Azul y llegó a tener éxito, las cosas no le funcionaban bien. El año anterior se había encontrado con Mario Bauzá y todo indicaba que de esa conversación saldría la idea de que Chano podría tener ventura entre la colonia de músicos cubanos de Nueva York, «para lo que Miguelito Valdés y yo, ayudaremos en lo posible», le llegó a decir Bauzá.
En diciembre de 1946 Miguelito volvió a La Habana, participando en grabaciones, emisiones de la Mil Diez, el show de Tropicana y a todos esos sitios se hizo acompañar por su amigo Chano Pozo. Antes de volver a marcharse le aconsejó que se fuera a Nueva York, donde él podría ayudarlo más. Todo parece indicar que el autor de «Manteca» llegó a esa ciudad norteamericana en enero de 1947. Entre las primeras agrupaciones en las que pudo trabajar, fue la orquesta del propio Miguelito, aunque el colmo de su repercusión fuera su introducción en la banda de Gillespie, llevando a ella
la percusión cubana para forjar los perfiles definitivos del Latin Jazz. Pero ni en esos momentos el importante compositor, instrumentista y cantante Miguelito Valdés, dejó de ser el fraterno amigo de Chano Pozo, a quien siguió cantando sus rumbas incluso después de que le mataran en diciembre de 1948.
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Historia del Jazz
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CHANO Y MIGUELITO: HERMANOS DE RUMBA
HISTORIA
CHANO Y MIGUELITO: HERMANOS DE RUMBA

Por: Bladimir Zamora Céspedes
Fecha: 2012.03.14
Fuente: La Jiribilla
Valdés, dando prueba de su mantenida amistad, quien le advirtió de ello.
La mayor parte de los testimonios que se han podido recoger sobre la trayectoria de Chano Pozo son contradictorios entre sí, por las naturales variantes que se originan cuando la principal fuente es la tradición oral y la empedernida vocación de aquel que llamaran El tambor de Cuba de moverse
en los brumosos terrenos de la marginalidad. Hay, sin embargo, algunos aspectos, algunos hechos o situaciones, que están muy claros. Entre ellos está su larga y fecunda amistad con Miguelito Valdés.
Aunque Chano había nacido en un solar del Vedado llamado Pan con Timba, desde los ocho años comenzó a vivir en el solar África del barrio de Pueblo Nuevo, situado entre las calles Zanja, Soledad, San José y Oquendo. Este barrio linda con Cayo Hueso, donde había venido a vivir la familia de
Miguelito Valdés, procedente de Belén. Miguelito vivía en el pasaje Aurora, entre las calles Oquendo y Soledad, a solo cuatro cuadras del solar África, razón por la cual no fue difícil que los dos muchachos caminadores de todos los rincones de Centro Habana se conocieran. Otra cosa bien diferente fue
que tuvieran mucha empatía — como la tuvieron— y no tardaran en ser muy amigos.
Hicieron un dúo de rumbeadores. Miguelito cantaba y Chano le acompañaba con el tambor. Y al estilo de tantos y tantos músicos populares de aquella época, iban por bares y cafeterías haciendo su música con la aspiración de poder traer algunas monedas de regreso a la casa. Así estuvieron bastante tiempo, hasta que Miguelito fundó en 1928, el Septeto Jóvenes del Cayo y Chano tuvo que buscarse otras parejas para rumbear. Hay quien dice que en ese momento se fracturó la amistad entre ellos. En mi opinión Miguelito no lo incorporó a esa agrupación por la manera intranquila y al margen de la ley, que Chano manifestaba de continuo. Tanto es así que no tardó el adolescente en ser confinado en un reformatorio llamado Torrent, allá por Guanajay.
A los dieciocho años salió Chano del reformatorio y se puso a trabajar en lo que apareciera, lo mismo repartía periódicos que limpiaba zapatos como su padre, pero su obsesión seguía siendo la rumba.
Eran los inicios de la década del 30 del siglo pasado y su figura comenzó a hacerse legendaria tocando su tambor quinto, al frente de las más connotadas comparsas de la capital cubana: la de su propio barrio Pueblo Nuevo, llamada El Barracón; La Sultana, de Colón; El Alacrán, del Cerro y La
Jardinera, de Jesús María. También tocaba en solares y fiestas particulares. Tal fama había conseguido, que en 1937 fue llamado por el compositor y director Gilberto Valdés, para que se integrara a una orquesta sinfónica con la cual ofrecería unos conciertos en el Anfiteatro de La Habana. Poco después lo llamó Obdulio Morales para que formara parte de su orquesta Los
Melódicos, que se presentaba en el Hotel Presidente y este mismo compositor y director lo llamó para que en 1938 fuera uno de los tamboreros de su revista musical llamada Batamú, presentada con mucho éxito en el Teatro Martí.
Siendo ya un consagrado del tambor, a él solo se le reconocía como intérprete, cuando en realidad en el ejercicio constante de la rumba, siempre andaba tarareando estribillos de su autoría, a los cuales todo parece indicar que el mismo no daba especial importancia. Es Miguelito Valdés, dando prueba de su mantenida amistad, quien le advirtió de ello. Estaba el joven cantante en ese momento, formando parte de la Orquesta Casino de la Playa, en la cual también figuraba el pianista Anselmo Sacasas. Miguelito llevó a Chano a casa de este, para que cantara varias de esas piezas que le habían brotado entre la calle y el tambor y el pianista las transcribiera.
Una vez listas las partes de piano, Miguelito llevó a Chano ante Ernesto Roca, representante de la Editorial Peer Internacional, para registrar susobras y en octubre de 1939, grabó la primera rumba de Chano con la Casino de la Playa: «Blen, Blen, Blen». Lo más natural hubiera sido que el soberbio
tamborero participara de la grabación, pero por ser muy negro no lo llamaron, toda vez que al salir la grabación al mercado, habría que incluirla en el repertorio y en los salones aristocráticos en los que se presentaba con frecuencia la agrupación, no estaba bien visto un negro como Chano. El autor de esta ya emblemática pieza de nuestra música tendría todavía que seguir limpiando zapatos, aunque muy pronto Miguelito le grabaría otras piezas con esta orquesta: «Arriñañara», «Guagüina Yerabo» y
«Sangafimba». Y después de salir de la Casino y poco antes de partir hacia EE.UU., en 1940, Miguelito aprovechó para grabar con la Orquesta Riverside otra rumba de Pozo: «Anana Boroco Tinde».
Mientras Chano era contratado como conserje de la emisora RHC- Cadena Azul y luego era llamado por Leonardo Timor (padre), para que participara en la Orquesta Havana Casino, llegando a componerle piezas especialmente para él; Miguelito Valdés parte para EE.UU. y el 12 de mayo de 1940 hizo su debut con la Havana Royal Orquesta de Xavier Cugat, en el Sert Room del Hotel Waldorf
Astoria. El 27 de mayo realiza las primeras grabaciones con Cugat y no dudó en incluir «Blen, Blen, Blen». Haciendo entonces una versión menos radical, más al alcance de los oídos de los bailadores norteamericanos.
La primera mitad de la década del 40 fue de gran éxito y reconocimiento para Chano en los medios capitalinos, llamado de nuevo por Gilberto Valdés para participar en otro espectáculo en el Anfiteatro de La Habana, que se denominó «Tambó en Negro Mayor». Integró la banda que acompañó a Miguelito Valdés en un concierto en la RHC- Cadena Azul, a fines de 1941, cuando el cantante estuvo de visita en La Habana. Tocó el tambor en grabaciones de Osvaldo Estívil con la Orquesta del Hotel Nacional. En 1943 formó parte del elenco que ofreció un homenaje a Rita Montaner en el Teatro Campoamor. En el 1944 el tresero Humberto Cané lo llamó a un Conjunto Todos Estrellas que por tres meses actuó en el Casino Nacional y luego Chano se quedó con la agrupación, llamándole Conjunto Azul para actuar en la RHC. Pero en noviembre de 1945 Chano fue gravemente herido en un pleito que él armó en la Sociedad de Autores y quedó con vida gracias a una eficaz operación del
médico Benigno Souza, y no tuvo problemas con la justicia por el apoyo de amigos poderosos. Aunque incluso en 1946 grabó números con el Conjunto Azul y llegó a tener éxito, las cosas no le funcionaban bien. El año anterior se había encontrado con Mario Bauzá y todo indicaba que de esa conversación saldría la idea de que Chano podría tener ventura entre la colonia de músicos cubanos de Nueva York, «para lo que Miguelito Valdés y yo, ayudaremos en lo posible», le llegó a decir Bauzá.
En diciembre de 1946 Miguelito volvió a La Habana, participando en grabaciones, emisiones de la Mil Diez, el show de Tropicana y a todos esos sitios se hizo acompañar por su amigo Chano Pozo. Antes de volver a marcharse le aconsejó que se fuera a Nueva York, donde él podría ayudarlo más. Todo parece indicar que el autor de «Manteca» llegó a esa ciudad norteamericana en enero de 1947. Entre las primeras agrupaciones en las que pudo trabajar, fue la orquesta del propio Miguelito, aunque el colmo de su repercusión fuera su introducción en la banda de Gillespie, llevando a ella
la percusión cubana para forjar los perfiles definitivos del Latin Jazz. Pero ni en esos momentos el importante compositor, instrumentista y cantante Miguelito Valdés, dejó de ser el fraterno amigo de Chano Pozo, a quien siguió cantando sus rumbas incluso después de que le mataran en diciembre de 1948.
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