D'Cuba Jazz
Sábado, 21 de Agosto, 2021
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Casi de cuerpo presente, sin tiempo para desperezarnos de la pesadilla que anunciaba mi sobrino
Jorge Daniel en su mensaje de WhatsApp: “Se nos fue el más grande de todos los tiempos.
Nuestro Captain Marvel, King Cockroach. Estamos muy tristes”. Por supuesto, eso de “cucarachón” jamás en peyorativo, sólo de pensar en su introducción y el despelote sumario de Scott Henderson y el resto de la tropa, relampagueó por mi mente y en ese instante, me di cuenta al releer que nuestro Capitán Maravilla había partido, nos conmovió: era dolorosamente cierto.
Inesperado desenlace de una persona que, un par de semanas atrás disertaba en vivo en su canal
de FaceBook con una naturalidad pasmosa, con trastabilleos propios de los engramas motores del
pianista: al iniciar frases les cuesta romper cierta inercia, tan común en los principiantes. Esa
naturalidad, me pasmó. Era un dios cotidiano. Nunca imaginé que alguien pudiera sembrarse tan
adentro. Por pura coincidencia anecdótica, en mis recorridos por las sinuosas carreteras de la
Gomera, espejismo insular (más nos vale que no sea descubierta), al clicar “Light as a feather” en
Spotify me di cuenta de que oía versiones de “500 miles high” y de “You´re everything” totalmente desconocidas. ¿Cómo es posible que un “no músico” tenga mapeado en su mente los detalles reverberantes de aquel casi iniciático “Return to forever” con la gracia inimaginable de Flora y de Airto? ¿Cómo es posible que “Spain” sea la versión del “Concierto de Aranjuez” más escuchada en el mundo, sin que a nadie le importe el nombre del atrevido que la multiplicó con un estribillo casi intarareable? Esa es la grandeza de Armando Anthony Corea. Atrajo a la gente y les hizo asomar al cráter del Teide. Desde entonces, la silueta del gigante de eso que llaman jazz, cada cual se lo apropió a su manera. Su cumbre congelada se me antoja un delicioso Coco glacé, por poner un ejemplo. Al tropezar por vez primera con “Musicmagic” me conmocioné. Era la lejana época en que mi dilecto Carlitín Alvarez Íñiguez traía discos al ICBP “Victoria de Girón” con el pretexto de fondos sonoros de diapofonogramas docentes, la explosión a mediados del “The Musician” en un soberbio bloque donde los metales se ensarzan en un diálogo con el resto de los instrumentos que, para atemperar los espíritus, culmina con la voz divina de Gayle Moran. Su parábola no creo que tenga una trayectoria descendente: su lenguaje se gestó desde tríos acorazados como el de “Now He Sings, Now He Sobs” cuya “Pannonica” atenaza con egoísmo la memoria de tanta gente.
Desde esa perspectiva, yo creo que su formación como líder se enriqueció al tocar en bandas tan
dispares como la de “Cab Calloway” (¡ese “Calloway boogie” por el amor de Dios!) y Mongo
Santamaría fueron un laboratorio que le dieron claves que estallaron al ingresar en la más
irreverente y loca extravagancia musical de cualquier época: el grupo de Miles Davis. Contar de
manera simultánea en el mismo set a Chick Corea y Keith Jarret o Herbie Hancock, no cabe en el
imaginario más atrevido del que se tenga conocimiento. Yo, al verlo tocando un piano eléctrico o
algún esbozo de sintetizador de la época reconocía en su rostro una especie de “resignación”. Era
(¿cómo decirlo?) “relleno” en toda aquella parafernalia de réplicas y contrarréplicas sísmicas
donde Airto y sus “juguetes”, Dave Holland (con sus incisivos superiores centrales asimétricos),
Jack de Johnette, Gary Bartz en aquella versión de la banda, producían un enjambre sonoro tras el “minimalista en jefe” de Miles, taciturno, impenitente. Pues quien les dice a ustedes que el Gran Armando captó como ninguno el arreglo floral del jazz-rock. Nadie ha podido siquiera igualarlo. Su cascada en sus cíclicos “Return to Forever” y sus coequiperos firmes del tipo Lenny White, Stanley Clarke, Bill Connors primero y luego el irrepetible Al Dimeola demostraron que el “Himno de la 7ma Galaxia” era mucho más que eso: un enorme agujero negro donde todo lo que tributaba a su desmesurada fuerza gravitacional se convertía en múltiplos y submúltiplos de un embeleso que cautivó a millones que pudieron ser muchos más. Pero ¿por qué?, sencillamente por hacer una mezcla racémica de sonoridades exquisitas: ¿quién desató el piano eléctrico a las multitudes?, ¿quién introdujo el cosquilleo del minimoog al mundo?, ese “Duende” o “Leprechaung”, como quiera llamársele, con esa críptica “Bienvenida del Imp” o el “Nite Sprite” que ha amenizado intermezzos de incontables menciones, anuncios y programas. Subyugar el alma combinando la mixtura de teclados y las voces adorables de Flora y de Gayle contrapesadas por el “atrevido” de Stanley Clarke con su matiz a lo “Eduardo Ramos”, conmueve el grosor de la corteza temporal de la gente (sitio donde se supone que se procesan los sonidos en los humanos).
¿Cómo quedamos, además, al emocionarnos con sus colaboraciones? ¡Ah!, “Do you hear the voices that you left behind?” algo así como ¿Escuchas las voces que dejaste atrás? con Juanito Mc Laughlin es harina de otro costal. La introducción del piano eléctrico y su trueque deliberado por un minimoog en su diálogo fosforescente con Juanito, creo que deja más que un sabor, un eterno sobresalto. Ni hablar de la “Elektric Band”, culminación de los sueños del más ambicioso “per-fusionista”. Su primer álbum puesto en nuestros oídos por Antúnez y Frank nos dejó hablando solos en casa de Marcell. No había desperdicio. La dupla de Carlos Ríos y de Scott Henderson hicieron de la guitarra en el jazzrock un instrumento de culto, lo digo sin exageración, aunque, no sabría qué decir del posterior y enorme Frank Gambale. A Chick Corea hay que hablarlo obligatoriamente en sentido circular. Su atención a las formaciones estrictamente acústicas nos explicó que su “Akoustic Band” era algo inextricable y que lo mismo Dave Weckl que el propio John Patittuci, eran las piezas de un rompecabezas alternante que oscilaba desde el recordado “King Cockroach” hasta “Humpty Dumpty” en su forma más “desnuda”. Un recorrido de más de 50 años, decenas de Grammys y otros lauros, entre sus “Vigil” y otras increíbles formaciones que tuvieron como leit motif su alma española o, mejor dicho, latina (cubana, brasileña y más allá) dignificadas en su “Rumba de Armando”, me hacen pensar en el lejano día de 1977 que en uno de los festivales musicales de la FEU que se organizaban en el Teatro de la CTC, escuché a mi amigo Robertico Toirac el inquietante nombre de “Chick Corea”. Pensé que era algún díscolo asiático o simplemente un error de dicción.
Nunca lo pude ver en directo. Me queda el consuelo de que Jorge, mi hermano, se dio ese gustazo
en el mismísimo “Blue Note” en ocasión de su 75 cumpleaños. También Carlitín Miyares, gran
tenorista de nuestro tiempo lo encontró el Puebla. De alguna manera son una prolongación de
todos nosotros.
El tiempo lo ubicó tan ligero como la pluma del ave que como lema presenta el primer disco que vi y escuché allá en el barrio Panamerican de los Toirac.
Es en definitiva la pluma multicolor del Ave del Paraíso recobrada por el Gran Armando.
Vallehermoso 16 de febrero de 2021
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RECORDANDO A CHICK COREA
NOTICIAS
RECORDANDO A CHICK COREA

Fecha: 2021.02.18
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Casi de cuerpo presente, sin tiempo para desperezarnos de la pesadilla que anunciaba mi sobrino
Jorge Daniel en su mensaje de WhatsApp: “Se nos fue el más grande de todos los tiempos.
Nuestro Captain Marvel, King Cockroach. Estamos muy tristes”. Por supuesto, eso de “cucarachón” jamás en peyorativo, sólo de pensar en su introducción y el despelote sumario de Scott Henderson y el resto de la tropa, relampagueó por mi mente y en ese instante, me di cuenta al releer que nuestro Capitán Maravilla había partido, nos conmovió: era dolorosamente cierto.
Inesperado desenlace de una persona que, un par de semanas atrás disertaba en vivo en su canal
de FaceBook con una naturalidad pasmosa, con trastabilleos propios de los engramas motores del
pianista: al iniciar frases les cuesta romper cierta inercia, tan común en los principiantes. Esa
naturalidad, me pasmó. Era un dios cotidiano. Nunca imaginé que alguien pudiera sembrarse tan
adentro. Por pura coincidencia anecdótica, en mis recorridos por las sinuosas carreteras de la
Gomera, espejismo insular (más nos vale que no sea descubierta), al clicar “Light as a feather” en
Spotify me di cuenta de que oía versiones de “500 miles high” y de “You´re everything” totalmente desconocidas. ¿Cómo es posible que un “no músico” tenga mapeado en su mente los detalles reverberantes de aquel casi iniciático “Return to forever” con la gracia inimaginable de Flora y de Airto? ¿Cómo es posible que “Spain” sea la versión del “Concierto de Aranjuez” más escuchada en el mundo, sin que a nadie le importe el nombre del atrevido que la multiplicó con un estribillo casi intarareable? Esa es la grandeza de Armando Anthony Corea. Atrajo a la gente y les hizo asomar al cráter del Teide. Desde entonces, la silueta del gigante de eso que llaman jazz, cada cual se lo apropió a su manera. Su cumbre congelada se me antoja un delicioso Coco glacé, por poner un ejemplo. Al tropezar por vez primera con “Musicmagic” me conmocioné. Era la lejana época en que mi dilecto Carlitín Alvarez Íñiguez traía discos al ICBP “Victoria de Girón” con el pretexto de fondos sonoros de diapofonogramas docentes, la explosión a mediados del “The Musician” en un soberbio bloque donde los metales se ensarzan en un diálogo con el resto de los instrumentos que, para atemperar los espíritus, culmina con la voz divina de Gayle Moran. Su parábola no creo que tenga una trayectoria descendente: su lenguaje se gestó desde tríos acorazados como el de “Now He Sings, Now He Sobs” cuya “Pannonica” atenaza con egoísmo la memoria de tanta gente.
Desde esa perspectiva, yo creo que su formación como líder se enriqueció al tocar en bandas tan
dispares como la de “Cab Calloway” (¡ese “Calloway boogie” por el amor de Dios!) y Mongo
Santamaría fueron un laboratorio que le dieron claves que estallaron al ingresar en la más
irreverente y loca extravagancia musical de cualquier época: el grupo de Miles Davis. Contar de
manera simultánea en el mismo set a Chick Corea y Keith Jarret o Herbie Hancock, no cabe en el
imaginario más atrevido del que se tenga conocimiento. Yo, al verlo tocando un piano eléctrico o
algún esbozo de sintetizador de la época reconocía en su rostro una especie de “resignación”. Era
(¿cómo decirlo?) “relleno” en toda aquella parafernalia de réplicas y contrarréplicas sísmicas
donde Airto y sus “juguetes”, Dave Holland (con sus incisivos superiores centrales asimétricos),
Jack de Johnette, Gary Bartz en aquella versión de la banda, producían un enjambre sonoro tras el “minimalista en jefe” de Miles, taciturno, impenitente. Pues quien les dice a ustedes que el Gran Armando captó como ninguno el arreglo floral del jazz-rock. Nadie ha podido siquiera igualarlo. Su cascada en sus cíclicos “Return to Forever” y sus coequiperos firmes del tipo Lenny White, Stanley Clarke, Bill Connors primero y luego el irrepetible Al Dimeola demostraron que el “Himno de la 7ma Galaxia” era mucho más que eso: un enorme agujero negro donde todo lo que tributaba a su desmesurada fuerza gravitacional se convertía en múltiplos y submúltiplos de un embeleso que cautivó a millones que pudieron ser muchos más. Pero ¿por qué?, sencillamente por hacer una mezcla racémica de sonoridades exquisitas: ¿quién desató el piano eléctrico a las multitudes?, ¿quién introdujo el cosquilleo del minimoog al mundo?, ese “Duende” o “Leprechaung”, como quiera llamársele, con esa críptica “Bienvenida del Imp” o el “Nite Sprite” que ha amenizado intermezzos de incontables menciones, anuncios y programas. Subyugar el alma combinando la mixtura de teclados y las voces adorables de Flora y de Gayle contrapesadas por el “atrevido” de Stanley Clarke con su matiz a lo “Eduardo Ramos”, conmueve el grosor de la corteza temporal de la gente (sitio donde se supone que se procesan los sonidos en los humanos).
¿Cómo quedamos, además, al emocionarnos con sus colaboraciones? ¡Ah!, “Do you hear the voices that you left behind?” algo así como ¿Escuchas las voces que dejaste atrás? con Juanito Mc Laughlin es harina de otro costal. La introducción del piano eléctrico y su trueque deliberado por un minimoog en su diálogo fosforescente con Juanito, creo que deja más que un sabor, un eterno sobresalto. Ni hablar de la “Elektric Band”, culminación de los sueños del más ambicioso “per-fusionista”. Su primer álbum puesto en nuestros oídos por Antúnez y Frank nos dejó hablando solos en casa de Marcell. No había desperdicio. La dupla de Carlos Ríos y de Scott Henderson hicieron de la guitarra en el jazzrock un instrumento de culto, lo digo sin exageración, aunque, no sabría qué decir del posterior y enorme Frank Gambale. A Chick Corea hay que hablarlo obligatoriamente en sentido circular. Su atención a las formaciones estrictamente acústicas nos explicó que su “Akoustic Band” era algo inextricable y que lo mismo Dave Weckl que el propio John Patittuci, eran las piezas de un rompecabezas alternante que oscilaba desde el recordado “King Cockroach” hasta “Humpty Dumpty” en su forma más “desnuda”. Un recorrido de más de 50 años, decenas de Grammys y otros lauros, entre sus “Vigil” y otras increíbles formaciones que tuvieron como leit motif su alma española o, mejor dicho, latina (cubana, brasileña y más allá) dignificadas en su “Rumba de Armando”, me hacen pensar en el lejano día de 1977 que en uno de los festivales musicales de la FEU que se organizaban en el Teatro de la CTC, escuché a mi amigo Robertico Toirac el inquietante nombre de “Chick Corea”. Pensé que era algún díscolo asiático o simplemente un error de dicción.
Nunca lo pude ver en directo. Me queda el consuelo de que Jorge, mi hermano, se dio ese gustazo
en el mismísimo “Blue Note” en ocasión de su 75 cumpleaños. También Carlitín Miyares, gran
tenorista de nuestro tiempo lo encontró el Puebla. De alguna manera son una prolongación de
todos nosotros.
El tiempo lo ubicó tan ligero como la pluma del ave que como lema presenta el primer disco que vi y escuché allá en el barrio Panamerican de los Toirac.
Es en definitiva la pluma multicolor del Ave del Paraíso recobrada por el Gran Armando.
Vallehermoso 16 de febrero de 2021
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